El valor de la universidad radica en la formación de personas, aunque se haya extendido la creencia de que su función se limita a “transmitir conocimientos” para ocupar un puesto de trabajo. Como ocurre con cualquiera, la universidad abre todo un mundo de experiencias, de contactos, de conocimientos y de diversas actividades para las personas con discapacidad. Ninguna otra etapa en la vida aporta tanto ni da pie a la posibilidad de una gran expansión y crecimiento personal.
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