Hacia mediados del siglo XIX, Paraguay era una nación próspera, con ferrocarril, telégrafo, educación gratuita y obligatoria y un incipiente desarrollo industrial plasmado en la instalación de una de las primeras acerías de América. Contra ese “mal ejemplo” de desarrollo autónomo se dirigieron los esfuerzos de la diplomacia inglesa y sus aliados porteños y brasileños que finalmente culminaron en la llamada Guerra de la Triple Alianza, que no significó otra cosa que el exterminio liso y llano de la mayor parte de la población masculina joven de Paraguay, más de trescientas mil personas, la pérdida de territorios y la destrucción sin remedio de gran parte de su infraestructura productiva.
Pero setenta años más tarde, otra tragedia asoló a la Nación guaraní. Por una disputa de límites motorizada por las empresas petroleras Standard Oil, basada en Bolivia, y Royal Dutch Shell, con filial en Paraguay, ambas naciones se enzarzaron en una guerra que duró tres años y les costó a los contendientes más de cien mil muertos y centenares de heridos. Otra gran sangría para un país que había sido prácticamente arrasado en el siglo anterior.

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