Por primera vez desde 2012, el pasado 26 de octubre varios navíos de guerra de EE UU penetraron en el archipiélago de las islas Spratley, en la zona de doce millas marinas alrededor de los islotes creados por China. Este archipiélago lo reivindican total y parcialmente Filipinas, Malasia, Vietnam, Brunei y China. Aplicando una política de hechos consumados, China estableció a partir de 2014 una serie de islas artificiales con barcos que bombeaban sedimentos. En el archipiélago están construyendo instalaciones aeroportuarias y pistas de aterrizaje, al igual que en otros “puntos calientes” del espacio marítimo que se extiende desde el sudeste hasta el nordeste de Asia, es decir, desde Malasia e Indonesia hasta Japón y Corea.
Por tanto, después de que las iniciativas chinas le cogieran a contrapié, Washington parece haber decidido iniciar una respuesta. Lo que está en juego es importante. Ese corredor marítimo es uno de los más frecuentados del mundo, utilizado especialmente para el transporte de petróleo de Oriente Medio a Japón. Pekín reivindica su soberanía sobre la parte fundamental de esta zona estratégica, considerada por los demás países como un espacio de libre circulación internacional, por mar o por aire. El imperialismo estadounidense tiene que reafirmar su presencia, mientras que sus dos aliados más cercanos en la región se hallan en primera línea de sendos conflictos territoriales agudos.

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