El imparable desfile de niñas y niños cruzando las fronteras en un asqueroso comercio de trata, es otro de los temas acallados por la enorme influencia de las redes criminales en sectores de poder, y sigue siendo uno de los más graves temas pendientes.
Los estudios sobre la psicología de los agresores sexuales abundan. Hay quienes atribuyen los orígenes de esa conducta a las experiencias vividas durante la infancia, otros consideran la agresión sexual como una táctica de guerra, con el objetivo de destruir el tejido social del enemigo. Sea cual sea la razón por la cual millones de niñas, niños, adolescentes y mujeres adultas son violadas cada día, nada justifica el dolor, la humillación y las consecuencias físicas y psicológicas de ese acto vil.
Entre las notas periodísticas publicadas ayer, se comprueba una vez más el peligroso entorno en donde se desarrolla la vida de las víctimas de violación, quienes a pesar de sufrir agresiones recurrentes se inhiben de denunciar por temor, vergüenza, dependencia o, simplemente, porque no saben cómo hacerlo. Y muchas de ellas continúan compartiendo la mesa y el entorno familiar con sus victimarios.

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