Como ha mostrado la crisis, con demasiada frecuencia se ha optado por los peores valores. El cortoplacismo, el afán de beneficio, caiga quien caiga, la opción por el bien particular frente al común, la falta de sensibilidad hacia los menos aventajados, las formas de vida consumistas han guiado demasiadas decisiones, letales para el conjunto de la sociedad. El paro, el trabajo precario y con salarios ínfimos, la tragedia de inmigrantes y refugiados desatendidos, la pobreza y el olvido de los vulnerables se deben, entre otras causas, al abandono de aquel capital ético por el que habíamos optado.
¿Qué cabe augurar para el presente y el futuro próximo? ¿Es posible en tiempos contradictorios dar razones éticas para la esperanza en un futuro mejor? Por supuesto que las hay, pero en la respuesta radican el riesgo y la grandeza de la libertad: depende de lo que cultivemos.

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