La historia de España, la peor de todas las historias, según Gil de Biedma, porque termina mal, es la crónica de una permanente decadencia. Hasta en las épocas de supuesto esplendor, el germen del ocaso se intuía incrustado en los más sensibles intersticios de la nación.
Los territorios que en un momento determinado divergieron cultural y económicamente de esa inercia política y social, como Cataluña o Euskadi, viven una fuerza centrífuga de inadaptación que patentiza la carencia de un proyecto de país que rompa con el Estado estamental y patrimonialista que asume como hostilidad la realidad diversa del país. Es un Estado beligerante que deja de representar a la sociedad para representar a las élites y, por tanto, sin función de garante de los derechos y libertades cívicas si éstas entran en conflicto con los intereses de las minorías organizadas. Esta parcialidad institucional supone que para las mayorías sociales esté destinado lo que anunciaba la canción de Bob Dylan: “Lo que te espera en el futuro es aquello de lo que huiste en el pasado.”

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