No es fácil añadir algo a lo mucho que ya se ha dicho sobre la obra de David Bowie; mucho menos, cuando el momento en que uno intenta decir algo es ahora, tras su repentina desaparición. Sin embargo, la profunda significación de Bowie para la música, la estética y, por qué no decirlo, el sentido del yo en la contemporaneidad postmoderna ameritan que el esfuerzo sea hecho.
La capacidad que Bowie demostró de recoger, procesar y reconvertir las más diversas influencias culturales y artísticas, desde el soul afroamericano hasta el cabaret alemán de entreguerras, desde la música electrónica y la música industrial hasta su último flirteo con el jazz, así como la gigantesca influencia que estas síntesis bowienianas ejercieron en músicos como Lou Reed o Nine Inch Nails, justifican de sobra la atención que el inglés recibió a lo largo de su extensa carrera. Estos méritos, en el plano artístico, no pueden ser minusvalorados. Por otro lado, y como lo evidencia la muestra itinerante “David Bowie Is”, la influencia de Bowie se extendió considerablemente más allá de la música; a su influjo en la moda y la estética se suman sus incursiones en el teatro, el cine, e incluso la pintura.

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