“Sólo habrá primavera sin Monsanto” se lee desde lejos, grande y en rojo sobre la camiseta de Mariano. Hace 30 días que acampa en una pequeña localidad del norte de Córdoba (Argentina), donde la multinacional productora de agroquímicos intenta instalar su nociva planta. Mariano es periodista ambiental y hace 30 días que resiste para contar la realidad. Resiste porque sabe que su voz será la de la tierra, que no puede gritar.
Algunos periodistas son amenazados, atacados o encarcelados a causa de sus reportajes. En Uzbekistán, desde hace siete años, el periodista independiente Solidzhon Abdurakhmanov permanece en prisión. Todos estos periodistas investigaron temas ambientales que incomodan al poder como la tala ilegal, la minería o la contaminación. La censura también está a la orden de día. Cuando “Under The Dome”, un documental publicado en Internet acerca de la contaminación del aire en Pekín, se convirtió en viral el Partido Comunista de China se apresuró a retirarlo de las páginas web. En Ecuador, la legislación prohíbe que los periodistas cubran la extracción de petróleo en el Parque Nacional Yasuní, donde la biodiversidad está reconocida a nivel internacional. También en Canadá, el gobierno ha censurado a científicos federales para evitar que hablen con los periodistas acerca de los perjuicios de extraer petróleo. A muchos otros les han ofrecido grandes sumas de dinero para comprar su silencio.
Periodistas desprotegidos por las instituciones cómplices del desastre.

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