Lo decía Kissinger, secretario de Estado de EEUU: “¿A quién tengo que llamar si quiero llamar a Europa?”.
Ahora mismo, en la cuestión migratoria, los líderes comunican y hasta Angela Merkel ha perdido su ascendente.
Primero los empobrecimos, luego obviamos las compensaciones, sus guerras y ahora que vienen nos molestan. La política de inmigración de los países desarrollados se ha basado en intentar que la miseria del otro lado del mundo no les dé mucho la lata. Demasiado tarde.
Podemos fingir que los países tienen un plan más allá de resolver la papeleta en el momento. El problema es que son planes contradictorios, incompatibles entre sí y agravan la situación de los inmigrantes y refugiados. Han convertido Europa en una ratonera de vasos comunicantes que abren y cierran sin más estrategia que empujar a la gente a otra frontera. La que sea.
Mientras, Líbano -país 87 en PIB per cápita- acoge en su campo de refugiados el equivalente a la cuarta ciudad más poblada del país. Aún no hemos escuchado que cierre sus fronteras tras abrazar a más de un millón de sirios. Bofetón solidario a los países ricos.

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