Los que predijimos, en los primeros años de este siglo, un pico inminente de los suministros de petróleo globales, no pudimos estar más equivocados. Personas como el consultor de energía Daniel Yergin, con quien discutí el tema, parece que tenían razón: el crecimiento, afirmó, proseguiría durante muchos años a menos que los gobiernos interviniesen.
Parecía que el petróleo alcanzó un pico en Estados Unidos en 1970, tras el que la producción cayó durante 40 años.
Suponíamos que ese era el final de la historia. Pero con el fracking y la perforación horizontal, el pasado año la producción volvió al nivel alcanzado en 1969. Hace doce años, el magnate petrolífero de Texas T. Boone Pickens anunció que "nunca volveremos a bombear más de 82 millones de barriles". A finales de 2015, la producción diaria mundial alcanzó los 97 millones.
En lugar de un colapso del suministro del petróleo, nos encontramos con la crisis opuesta: nos ahogamos en él. Las razones del hundimiento del precio –un asombroso deslizamiento del precio de 115 a 30 $ en los últimos 20 meses– son complejas: entre ellas, el debilitamiento de la demanda china y un dólar fuerte. Pero un análisis del Banco Mundial descubre que los cambios en la oferta han sido un factor mucho mayor que los cambios en la demanda. La producción de petróleo casi se ha doblado en Iraq, Pero también Arabia Saudí ha abierto sus grifos, para intentar destruir a la competencia y mantener su parte de mercado: una estrategia que algunos partidarios de las cimas de petróleo argumentaron en otro tiempo que era imposible.

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