Una inquietante pregunta recorre la izquierda ¿Es Lula culpable de los delitos que se le insinúan? ¿Es en definitiva, él, adalid del moderno posibilismo obrero, un corrupto?
Plantear la cuestión en esos términos, por común que suene, frisa el simplismo. De hecho, el problema no radica tanto en saber si Lula es culpable o inocente sino en entender el contexto en el que ha sido proyectada sobre él una sombra de duda que ha caído como un jarro de agua fría dentro y fuera de Brasil.

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