Notas para un debate necesario en torno a la externalización del embarazo y el parto.
Estalla el debate sobre gestación subrogada y nos alcanza algo desubicadas, sin saber bien por dónde agarrarlo, dónde y cómo discutirlo. Sobre la mesa hay propuestas para frenar la práctica, para su regulación en términos altruistas, y las que buscan, de forma más o menos velada, que lo sea en términos comerciales. En paralelo, la práctica surge, crece y mengua en unos y otros lugares del planeta. Entre estas propuestas existen muchos grises, una diversidad que toca desgranar y crear desde un necesario debate amplio, serio y cuidadoso.
Tal y como hoy la conocemos, esta práctica se hace posible con el surgimiento de las técnicas de reproducción asistida y, en concreto, con el desarrollo de la fecundación in vitro a finales de los setenta. Así, desde que biomédicamente es posible extraer óvulos y esperma para realizar la fecundación en un laboratorio e implantar posteriormente el embrión, las combinaciones de maternidades genéticas, gestantes y sociales cobran un nuevo sentido y multiplicidad. Mujeres que no pueden gestar pueden así implantar embriones con su carga genética en otras mujeres que gesten y den a la luz a los que serían sus hijos genéticos.

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