El fin de semana amanecí con la horrible y dolorosa noticia de una chica violada en Brasil por 30 hombres. No podía creerlo. Me pasé media mañana llorando, desconsolada, intentando ponerme en su lugar, pero sin querer hacerlo. Intentando desde la otra orilla que su dolor fuera menos dolor. A medio día tuve que dejar de llorar, hubiera resultado raro explicarle a mis compañer@s que una pena enorme me recorría el cuerpo por una mujer que ni siquiera conocía. Aún así, no ha dejado de dolerme el alma desde entonces y un escalofrío me recorre el cuerpo cada vez que lo recuerdo.
Por suerte, los días siguientes a enterarme de la noticia pude reconfortarme con mi madre y las que a día de hoy son mis hermanas, al menos, con muchas de ellas. Mujeres con las que tengo un vínculo especial y fuerte, con las que me siento libre y segura. De una forma u otra, el feminismo parte de nuestras vidas, de nuestra forma de ver el mundo, de estar en el mundo. Es el hilo conductor de nuestra relación. Unas tienen formación teórica, otras, pura intuición. Algunas de ellas están organizadas, algunas tienen formación en género, otras, aprenden de su día a día, como si de intuición se tratase. Pero todas tenemos clara una cosa: la importancia de las redes de mujeres. Redes que te sostienen cuando caes, que te dan fuerza para aguantar duras realidades, que te dan el cariño necesario, que te llevan a reflexionar, a crecer, a vivir.

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