dijous, 2 de juny del 2016

El Mediterráneo como fosa común

Como un trágico cuento de nunca acabar, nuevamente, el Mar Mediterráneo – en este caso frente a las costas libias - se convierte en el cementerio para hombres y mujeres – incluidos menores de edad.





Ellos buscan mejores perspectivas de vida y encaminan sus pasos y se lanzan, en precarias embarcaciones a navegar, para llegar a una Europa que se resiste a aceptar su responsabilidad en la mayor ola migratoria desde la Segunda Guerra Mundial. Seres humanos venidos del África Subsahariana, del Magreb, del Sahel, África Oriental, pero también de Eritrea y Siria. Mostrando con ello que las guerras y la crónica situación económica de subdesarrollo que vive África son causas que alientan el desplazamiento de millones de seres humanos, que miran desde la orilla sur del mediterráneo las luces de una Europa opulenta y lejana.

Desde el año 2011 a la fecha, Libia ha sido el centro de gran parte de las tragedias de naufragios en el Mediterráneo. Coincidente con la invasión de ese país, que terminó con la ejecución, en octubre del año 2011, de Muammar el Gadafi y el fin del gobierno de la Jamahiriya destruyendo así a uno de los Estados más estables y prósperos de África, que fue capaz de utilizar la riqueza hidrocarburífera de su país para sostener programas sociales, que permitió a 7 millones de libios disfrutar de los mejores indicadores de desarrollo humano, la tasa de mortalidad infantil más baja y la expectativa de vida más alta de África. Altos estándares de salud, educación gratuita, un sistema económico que permitió subsidiar los gastos cotidianos de la sociedad libia, como también atraer a cientos de miles de inmigrantes que encontraron en suelo libio trabajo y derechos negados en sus países de origen.

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