Durante los años del boom inmobiliario, el desarrollo residencial y urbano alcanzó los mayores índices registrados desde los 60. Cuando la burbuja estalla, la dimensión que los procesos habían alcanzado queda patente también en sus consecuencias. Además del incremento de las ejecuciones hipotecarias y los desahucios, el territorio queda plagado de cadáveres: la acumulación de un patrimonio edificado que no ha sido nunca utilizado, desarrollos urbanísticos a medio ejecutar e infraestructuras sobredimensionadas y sin uso.
Y los efectos se extienden más allá: según los datos del Ministerio de Fomento, sólo en las áreas urbanas España cuenta actualmente con suelo clasificado con capacidad para 3,5 millones de nuevas viviendas, superficie suficiente para absorber el crecimiento urbano de los próximos 45 años, y situada en entornos donde no es previsible ningún incremento de demanda.
La crisis es una oportunidad para repensar qué ciudad queremos, reequilibrar los barrios y solucionar las carencias de las áreas olvidadas. Es urgente: debemos llegar antes de que el sector inmobiliario traslade definitivamente sus formas de hacer a la ciudad habitada.

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