Durante la última parte del siglo pasado, en Latinoamérica se canceló ‑‑al menos para la siguiente etapa‑‑ la opción de alcanzar cambios revolucionarios por medio de la lucha armada. No obstante, el rechazo social a las consecuencias de las políticas neoliberales generó una nueva oleada de movimientos y gobiernos “progresistas” que, en los pasados 15 años, ganó elecciones y abrió otra variable1. Esto inició una doble serie de acontecimientos: por un lado, millones de pobres ganaron ciudadanía, medios de vida decentes y acceso a educación, salud y vivienda. Por el otro, tras el desconcierto inicial, la derecha económica ‑‑transnacional y local‑‑ y sus operadores políticos e ideológicos, renovó sus anteriores métodos e instrumentos y emprendió una contraofensiva regional en los planos político, mediático, cultural y económico.
El progresismo y las izquierdas solo son lo que dicen ser en tanto realizan y renuevan capacidad para formar nuevos contingentes sociales y ayudarlos a darse mejores modos de organización y participación. En tanto amplían capacidad para interactuar ‑‑aprender, aportar, cooperar‑‑ con los sectores afines en unas u otras reivindicaciones comunes. En tanto demuestran capacidad para contribuir a articular y ampliar movimientos y frentes nacionales ‑‑junto a otras clases y fracciones de clases‑‑ conducentes a conformar el bloque social de las fuerzas que comparten la voluntad y el proyecto de construir un nuevo país. Proyecto y bloque que derrote la ofensiva de derecha en el campo de las ideas y en el de la práctica política, al coordinar la parte más progresiva de la nación, entendida como ámbito de la unidad y lucha de clases en la producción del siguiente acontecer histórico.
En la medida en que expresa a ese bloque social y sea capaz de aportarle contingentes e iniciativas adicionales, el progresismo existe. Y en cuanto deja de hacerlo, debe ser estremecido y renovado. Porque la lucha continúa.

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