La Economía Social y Solidaria (ESS) es una economía de personas. Y se hace de, desde, por y para las personas. Esta afirmación que a priori puede parecernos un epíteto, tiene sin embargo hoy más sentido que nunca en este sistema hiperfinanciarizado, donde todo son índices y dividendos que no “olemos”, donde las páginas salmón son códigos cifrados de difícil comprensión y las cuestiones económicas asuntos de expertos, por más que sus decisiones nos afecten en lo más profundo de nuestras vidas. Así, lejos de despojarse de apellido, para hablar de “economía” sencillamente, reapropiándose de un concepto que, como tantos otros, nos ha sido expropiado, nos acompañamos de uno doble, haciendo del dueto “social-solidario” un tándem necesario para dotarnos de los matices que nos definen.
¿Cuáles son pues esos matices? ¿De dónde viene eso de “social-solidario”? Aunque ha habido prácticas de solidaridad en todos los momentos históricos y lugares del planeta, solemos remontarnos a la Europa del siglo XIX para agrupar bajo “Economía Social” (ES) aquellas prácticas que surgen en respuesta a las paupérrimas condiciones en que se encontraban grandes sectores de población, producto de la revolución industrial y el incipiente capitalismo. 1844 es el arranque emblemático, fecha en que se crea Rochdale, la primera cooperativa de consumidores y consumidoras para adquirir colectivamente bienes de primera necesidad.
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