Mientras la compañía brasileña se desprende de esa unidad de negocio, se prevé que la producción de biodiesel y bioetanol a base de cultivos alimenticios aumente en América Latina en los próximos años. Cuáles son los riegos ambientales y por qué es necesario hacer rentables los combustibles verdes de segunda generación.
Enfocada en paliar su déficit, la empresa estatal brasileña Petrobras anunció en septiembre último su retiro del negocio de biocombustibles. Y en las últimas semanas avanzó en la venta de esos activos. La compañía se concentrará, ahora, en la producción de combustibles a base de petróleo. Brasil es uno de los principales países productores de biodiesel y bioetanol y, a pesar de la decisión de compañía estatal, se espera que su producción crezca en los próximos años, según estimaciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA).
Tanto la continuidad de las inversiones en combustibles fósiles como el aumento de biocombustibles a base de cultivos alimenticios (soja, caña de azúcar o maíz) son malas noticias si se piensa en la necesidad urgente de reducir emisiones de carbono y otros gases de efecto invernadero.
En cambio, son los biocombustibles avanzados o de segunda generación, producidos a partir de algas, residuos forestales o de actividades agrícolas y basura generada en las ciudades, los que se avizoran como sostenibles a largo plazo.

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