El despertar de toda una serie de movimientos sociales y organizaciones de carácter radical supuso la aparición de nuevos actores políticos que resultaron fundamentales para hacer fracasar las tentativas continuistas esbozadas por parte del poder político franquista. Estos grupos, sin embargo, no consiguieron extender sus movilizaciones hasta el punto de provocar la caída del régimen, por lo que tuvieron que hacer frente a una solución negociada con una parte de la élite dictatorial, que defendida también por algunos opositores, terminó por imponerse con el tiempo.
En 2017 sigue pendiente el reconocimiento de la labor desarrollada por miles de hombres y mujeres, en su mayoría anónimos, para acabar con la dictadura, así como por el intento de llevar a cabo toda una serie de procesos de transformación radical, dirigidos a obtener una mejora cualitativa de la vida social y personal, con un caudal de ilusión desconocido hasta esos momentos.
Se trata de una reivindicación necesaria, como también es necesaria la denuncia de la función legitimadora que ha desempeñado buena parte de la historiografía de la transición con respecto al apuntalamiento del sistema político generado entonces. Tal y como han planteado distintos trabajos, la izquierda radical y los movimientos sociales, situados en el centro de las movilizaciones y acontecimientos que se narran, han ocupado un lugar marginal, cuando no han sido directamente invisibilizados en la mayoría de los relatos sobre la transición.

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