En la primera mitad del siglo XX, el escritor Aldous Huxley temía, en su obra Un mundo feliz, que la verdad quede ahogada en un océano de insignificancias y que el deseo de conocimiento iba a ser reprimido.
Dos décadas después, a la víspera de la segunda mitad del siglo XX, George Orwell, autor del otro gran relato distópico 1984, se asustaba con la idea de que la verdad termine ocultada por el poder de control totalitario, anticipando en su ficción una “neolengua” (Newspeak), un idioma con palabras erosionadas y “desaparecidas”, destinado a achicar el abanico perceptivo del lenguaje y trasladar la comunicación humana al terreno de los afectos.
Poco más de medio siglo después estos relatos anticipatorios, el neologismo de “post-verdad” es elegido como palabra del año 2016 y consagrado en los diccionarios oficiales del mundo anglosajón. ¿Ya habremos llegado a los tiempos post-modernos narrados por estos autores - como también por muchos otros cada uno con su aporte específico (Ira Levin, Walter Travis, Hannah Arendt, René Girard, Tod Strasser, Jonathan Littell, Michel Foucault, Noam Chomsky, etc.)?
Si este neologismo tiene la virtud de sellar en una palabra corta y sencilla un fenómeno que se ha vuelto palpable en la cotidianeidad de muchas sociedades, es necesario reconocer que sus definiciones resultan todavía borrosas o mudas a la hora de entender los fenómenos y las circunstancias que lo subyacen. En principio, el término de post-verdad - o de era post-factual – plantea resumir la tendencia en recurrir menos a los hechos objetivos que a las emociones y las opiniones personales para influenciar la opinión pública. Caracteriza una suerte de cambio de equilibrio a favor de las narrativas subjetivas e ideológicas por sobre la argumentación arraigada en los datos de la realidad, una suerte de emancipación autoreferencial del discurso respecto a la realidad objetiva, en particular en el terreno de la comunicación mediática y política moderna.

Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada