dimecres, 27 de setembre del 2017

El triunfo tardío del 23-F


Ya no es tiempo de afilar análisis ni de discutir, a favor o en contra, en torno a un referéndum que no se celebrará. Es la hora de preocuparse. La detención de 14 altos cargos del Govern, el requisamiento de miles de papeletas, urnas y carteles, el registro de oficinas públicas y sedes de partido puede quizás fundamentarse desde un punto de vista legal; pero un gobierno que sólo tiene “un punto de vista legal” frente a la voluntad mayoritaria del pueblo de Catalunya es un partido que desprecia, y aun violenta, la democracia. La cabezonería contradictoria del procés, arrastrado en una pendiente cuesta abajo, no puede hacer olvidar -ni puede de ninguna manera justificar- el legalismo liberticida del PP, que alimenta y justifica el independentismo catalán mientras devuelve España al siglo XIX.





 Como español interesado más en la democracia española que en el territorio español, no puedo dejar de denunciar las medidas jurídicas y policiales del gobierno del PP, de solidarizarme con la voluntad amordazada de los catalanes y de responsabilizar al régimen del 78, tanto más peligroso cuanto más descascarillado, de fabricar un conflicto de final imprevisible como consecuencia de tres impulsos fatalmente concertados: un abyecto electoralismo, una tentativa de encubrimiento de la podredumbre interna y un regüeldo de ideología nacional-imperial radicalmente decimonónica. Creo que esta triple miseria, y los efectos que está generando, exigiría una protesta coordinada de todos los partidos y todos los ciudadanos. El régimen se está rompiendo por donde menos se esperaba y el resultado puede estar muy lejos de lo que la izquierda y las fuerzas de cambio imaginaban o deseaban.

Siempre lo he dicho: prefiero una España más pequeña y más democrática que una dictadura muy grande donde no se ponga el sol. Eso es, una vez más, lo que está en juego. ¿Qué es lo que hace temer un nuevo fracaso histórico? La irresponsabilidad de nuestra clase política, de nuestros medios de comunicación y de nuestras élites económicas.

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