Las personas que murieron quemadas o que perdieron sus viviendas quizá no querían saber nada de la política. Quizá tampoco la política preocupaba a las decenas que murieron en Portugal no hace poco por causas idénticas y quizá tampoco preocupe hoy a las que sin duda morirán en próximas e inevitables catástrofes.
Lo que pasa es que, aunque ellas no hicieran política, fue la política la que las fue a buscar a su casa. Porque convertir el territorio en un vivero forestal para una empresa cuyo consejo de administración está plagada de personajes del PP es política, sí.
Culpar al viento, a Portugal, al clima, a imaginarias organizaciones criminales cuya existencia jamás se demuestra y no asumir el fracaso de una política forestal que genera una y otra vez, año tras año, desastres y desastres en un déjà vu permanente, mientras no se asume la propia responsabilidad, es política. Como política también es que la sociedad sea incapaz de exigir responsabilidades reales a sus gobernantes más allá de las muestras de sincera pena y pesar, tan sentidas y hondas sin duda, como inútiles por su reiteración cada vez más rutinaria.

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