divendres, 27 d’octubre del 2017

POR QUÉ UNA EDUCACIÓN SIN CONCIENCIA ECOLÓGICA TIENE YA POCO SENTIDO


Construir sociedades más conscientes de la crisis ambiental a la que nos enfrentamos es un reto. Sin embargo, no es imposible, pues hoy en día gozamos de múltiples herramientas de comunicación y conocimiento para lograrlo, por ejemplo la educación, ya sea como institución o como una formación de valores adquiridos en casa. 

Decía el pedagogo Paulo Freire que “la cabeza piensa donde los pies pisan” y en este sentido, podríamos pensar que si una cabeza piensa, con conciencia, en dónde está parada, probablemente lo primero que perciba será la tierra, su entorno natural. Por el contrario, una pedagogía que no genera conciencia ecológica sobre el medio en que se desenvuelve la sociedad, carece de todo sentido. La conciencia de este hecho es lo único que puede salvarnos de una catástrofe, y la conciencia, sin duda alguna, sólo puede cultivarse a partir de la educación.



Es ahí donde surge la necesidad de hacer las preguntas correctas y cambiar nuestros paradigmas educativos. Pero, para ello, la  sustentabilidad, la sensibilidad ecológica y el llamado a la acción deben estar asociados a los programas educativos y a las formaciones familiares –la Tierra como un nuevo paradigma–. De estos parámetros fue que nació la ecopedagogía que, según la epistemología de Paulo Freire, busca que tanto las personas responsables de la formación educativa como los alumnos contemplen: 

1. La diversidad e interdependencia de la vida
2. La preocupación por todos los seres del planeta
3. El respeto a los Derechos Humanos
4. El desarrollo Sustentable
5. La justicia, Equidad y comunidad
6. La prevención de lo que puede causar daño

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