La Constitución habla de lo que una sociedad considera importante. Es la ley fundamental de cada Estado, con rango superior al resto de las leyes. Las constituciones son producto de la correlación de fuerzas entre las clases sociales y los poderes políticos económicos y sociales. A veces son impuestas, otras pactadas y otras son conquistadas. También son hijas del tiempo en que fueron concebidas, de las preocupaciones, la cultura hegemónica y los valores de su época.
Algunas constituciones reflejan sucesivas modificaciones y, en ocasiones, hablan también de las necesidades, los deseos y los sueños de los pueblos. Son resultado de la realidad.
Sin embargo, la mayoría de las constituciones han sido escritas desde la cosmovisión de un sistema en crecimiento, bajo el axioma, no revisado, del desarrollo económico y desde la concepción de que las personas no dependen de la naturaleza y son autónomas.
Pero la economía ecológica nos muestra que los bienes que han permitido el desarrollo de las especies y las sociedades están siendo esquilmados y destrozados por un sistema económico que necesita crecer a toda costa. Esto se manifiesta en una pérdida de biodiversidad, una menor cantidad de agua dulce, el calentamiento global, pérdida de suelo fértil, contaminación y en el declive energético, entre otras consecuencias.
La mayor parte de las constituciones no están preparadas para cambiar el rumbo y orientarlo hacia una sostenibilidad ecológica y social, imprescindible para seguir habitando con dignidad la biosfera.

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