El Partido Popular tiene un grave problema en Catalunya. Los resultados del 21-D son implacables para el partido que liquidó y lideró, vía 155, el autogobierno catalán. Hay una máxima inquebrantable en política cuando los partidos se presentan en unos comicios: las elecciones se hacen para ganar, una sentencia que M. Rajoy ha desdeñado desde el primer momento que convocó elecciones en día laborable.
Hoy, la realidad del partido más corrupto de Europa es que se ha convertido en la última fuerza política en el hemiciclo catalán por detrás de la CUP – Crida Constituent, una efeméride que García Albiol ya alertó, viendo los sondeos, cuando dijo que si quedaban por detrás de la formación anticapitalista sería un descrédito absoluto para ellos. No le faltaba razón. Las presiones europeas, especialmente de Donald Tusk y Angela Merkel, para convocar unas elecciones tras el cese inconstitucional de todo el Govern de la Generalitat, según el Consejo de Garantías Estatutarias, parece que han aniquilado definitivamente a un partido que en España votan casi ocho millones de personas, pero que en Catalunya solamente lo han hecho el 4,24% de los votantes.
Es evidente que el independentismo ha puesto en jaque a todo el régimen del 78. La derecha ya supo diluir el 15M, pero ahora parece mucho más complicado aplacar las aspiraciones de más de dos millones de personas que no se dejan intimidar. En esta coyuntura, la pregunta que se hacía el periodista Enric Juliana es muy pertinente: ¿Se puede gobernar bien España con menos del 5% de los votos en Catalunya?

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