El balance de las elecciones cruciales en Catalunya, el jueves 21 de diciembre e 2017, va a dejar un tema fundamental sin resolver: la identidad nacional, no de Catalunya, sino de España.
Más de 500 años después de conformarse y cuando los actuales dirigentes se empeñan en afirmar que es el estado nación más antiguo de Europa (en realidad, Portugal lo es), todavía los españoles no tienen una idea clara de su identidad.
Ese ente que muchos catalanes independentistas despectivamente llaman “estado español” (para evitar decir “España”) es el culpable de la confusa personalidad de uno de los pocos sujetos políticos del planeta actual que pueden presumir de una presencia sólida y un reconocimiento impecable. Pero la identidad nacional española sigue siendo una asignatura pendiente.
La explicación de este problema es que la “nación” española nunca fue un ejemplo de una de las dos modalidades fundamentales. España nunca fue una nación de base étnica, religiosa, racial (“alemana”, del Volk romántico, para entendernos). Las dos únicas veces que lo intentó fueron históricamente dos desastres antológicos.

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