La tibieza de la ‘comunidad internacional’ desde el golpe de 2009 y los intereses económicos multinacionales marcan el giro electoral y la nueva crisis política en Honduras.
La autodenominada comunidad internacional no reaccionó con especial dureza cuando el teniente coronel René Antonio Herpburn Bueso al frente de 200 militares encapuchados asaltaran la residencia presidencial de Honduras el 28 de junio de 2009, secuestraran al presidente, Manuel Zelaya, y lo sacaran del país en la madrugada.
Unos meses después, en noviembre, las elecciones organizadas por el Gobierno de facto parecieron una prueba de ‘democratización’ suficiente para que todo volviera al orden.
Esos comicios los ganó Porfirio Lobo, del Partido Nacional, y durante su mandato se demostró que todo podía ir a peor: la seguridad pública se convirtió en quimera, Honduras se convirtió en el país más peligroso del planeta para las y los defensores ambientales, las élites nacionales terminaron de hincar el diente en los territorios garífunas o lencas con la financiación de bancos de ‘desarrollo’ europeos y estadounidenses, la corrupción endémica se hizo norma ...
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