Como en tiempos de Gadafi, el beneficiario último del “mercado de humanos” libio es la UE, que no distingue bien entre dictaduras, democracias y caos mientras garanticen por igual sus intereses; es decir, mientras sirvan para impedir que migrantes y refugiados lleguen a sus costas.
En el año 2010, durante una cena organizada por su amigo y aliado Berlusconi, el dictador Gadafi declaraba ante 800 invitados: “Europa se volverá negra sin mi ayuda”. A cambio de 5.000 millones de euros al año se comprometió a construir nuevos campos de internamiento y torres de vigilancia en las playas, prolongando así el acuerdo firmado en 2009 que estipulaba el patrullaje conjunto y las devoluciones en caliente de cualquier migrante, con independencia de su nacionalidad, a la policía libia.
De todos los crímenes de Gadafi, quizás el más grave y el menos conocido fue su complicidad en la política migratoria de la UE, particularmente la italiana, como verdugo de migrantes africanos.
No nos escandalicemos de la “esclavitud” en Libia. Escandalicémonos más bien de la complicidad de nuestros gobiernos. Cruzar fronteras no es delito; defender los derechos de los que las cruzan tampoco.

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