divendres, 15 de desembre del 2017

Nacionalismos: El bueno, el malo y el feo Por Joaquín Roy


Nunca lo ha tenido fácil la Unión Europea. Desde su fundación de la mano de Robert Schuman, siguiendo el guión dictado sibilinamente por Jean Monnet, se propuso afeitar el malévolo efecto de la acción de los propios socios del nuevo invento. Pero debía contar con su explícita colaboración. Era como esperar que el enfermo terminal ayudara a su muerte.

El estado-nación, ese descubrimiento tan europeo que debiera estar cobrando derechos de autor a toda la humanidad, era el malo de la película.

De ahí que el remedio menos drástico fuera la combinación de la supervivencia del estado junto al nacimiento y desarrollo de una vaga identidad supranacional, tan etérea que Jacques Delors, el presidente de la Comisión de la Unión Europea (UE) entre 1985 y 1995,  lo llamó un OPI (Objeto Político no Identificado). Durante varias décadas esta estrategia funcionó aceptablemente.





Mientras “Europa” siga siendo una realidad estrictamente histórica, cultural, geográfica, “civilizacional”, con fronteras precisas (pero nunca confesadas en público), y la Unión Europea siga siendo una organización de estados, el problema de los gobiernos seguirá siendo doble: funcionar como ente colectivo y como “nacional”.

Pero deberán resolver sus propios problemas “nacionales”.

En juego no está solamente la esencia del estado nación, sino de la misma Unión Europea, y de Europa.


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