La semana pasada, en un centro de congresos de Nueva Orleans reconvertido en su día temporalmente en refugio para miles de personas durante el paso del huracán Katrina, un grupo de científicos polares emitieron una declaración alarmante: el Ártico, tal como lo conocíamos, ya no existe. La región está evolucionando definitivamente hacia un estado libre de hielo, dijeron los científicos, con amplias repercusiones en los ecosistemas, la seguridad nacional y la estabilidad del clima planetario. Era un lugar idóneo para un recordatorio tajante de que, de seguir así, la civilización está jugándose la existencia frente a la biosfera del planeta.
El hecho de que el Ártico sea ahora una reliquia de un tiempo pasado –la primera parte importante del planeta que se halla en la cuenta atrás– debería sacudirnos. Es uno de esos hechos que quienes seguimos de cerca el cambio climático sabíamos que iban a ocurrir. Y su advenimiento, es devastador en su totalidad. La pérdida del viejo Ártico está tan cerca como tan lejos ha llegado la humanidad en la transformación del planeta en algo fundamentalmente diferente de lo que ha dado pie a la civilización a lo largo de los últimos 10 000 años. Es una transición aterradora y que hemos de lamentar. Pero también es un recordatorio de que nuestro destino como individuos y como sociedad no está prefijado. Si el Ártico puede cambiar con tanta rapidez, la humanidad debe hacer lo mismo.

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