En algún momento tenía que llegar y, por fin, ha llegado. Las mujeres gitanas están diseñando el modelo de lo que debe ser su papel en la sociedad que les ha tocado vivir al tiempo en que quieren ser ellas las protagonistas de su destino y las administradoras de su libertad. Y están en su derecho de conseguirlo. Y nosotros, los hombres gitanos, no debemos impedirlo.
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Carmen Santiago Reyes en unas jornadas sobre delitos de odio contra la población gitana
No necesitó Mateo Maximoff recurrir a grandes conceptos para describir, y al mismo tiempo denunciar la situación de la mujer gitana en cualquier parte del planeta. Él ya lo había escrito: “La mujer gitana, de niña y mientras permanece soltera, obedece a sus padres. De casada obedece a su marido. Y una vez mayor, cuando ha llegado a la plenitud de su vida consagrada a su familia, obedece a sus hijos”.
Pero los tiempos tenían que cambiar. Si la sociedad de los gachés (los no gitanos) había sido capaz de transformar los hábitos y costumbres opresores en los que había transcurrido la vida de la mujer “paya”, supeditada en todo a su marido y sin derecho a voto, las gitanas, cuyas condiciones de vida sufrían una doble marginación: una por ser mujer —como el resto de las no gitanas— y otra por ser gitana, igualmente tenía que producir su propia revolución.
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