El escenario es semejante al que precedió la crisis política e institucional que precipitó la renuncia y posterior entrada en prisión de su predecesor, Otto Pérez Molina, en 2015, y avaló, más adelante, la llegada al poder del otrora comediante Jimmy Morales. Por ello es previsible que 2018 sea un año difícil para Guatemala, en el que una vez más la crisis política e institucional –generada por una derecha militar enquistada en el poder y aupada por los sectores empresariales financiadores sus campañas políticas– va a ser el principal campo de acción y de discusión, dejando de lado –una vez más– los problemas de las mayorías olvidadas por un sistema político gangrenado por la desigualdad, la pobreza, el clientelismo, la corrupción y la dependencia externa. Un escenario de descontento generalizado que capitalizado de la manera correcta por los sectores progresistas puede dar lugar a un vuelco político sin precedentes en el país.

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