Tiene un rostro de una belleza angélical que parece recién salido de un fresco de Giotto o de un retrato de Rafael: a primera vista, Claudia Morales no aparenta su edad, pero en cuanto comienza a hablar, uno se da cuenta de que se está ante una mujer madura. A los 48 años de edad, esta periodista colombiana tiene ya tras de sí una carrera de tres décadas en los medios oficialistas más diversos. No es una disidente, ni una feminista.
Acaba de lanzar una bomba que corre el riesgo de tener un efecto devastador sobre la oligarquía colombiana, que ejerce su dictadura tranquila – y secular – con un aplomo propiamente alucinante, que de hecho ninguna guerrilla, ninguna rebelión popular ha sido capaz de quebrantar. Uno de los métodos de gobierno de los seres humanos practicado por esta oligarquía – como por todas las oligarquías, de Bélgica a la India – es el control brutal de los cuerpos: los de las mujeres, los de los niños, y también los de los hombres. Mientras que los escándalos que se han sucedido estos últimos años en Colombia –la “comunidad del anillo”, la red de prostitución de jóvenes cadetes de la policía ofrecidos a congresistas, la violación y el asesinato de una niña por un retoño de la señoría bogotana, los casos de pedocriminalidad eclesiástica – dejaron a los poderosos perversos imperturbables.
El barniz acaba de agrietarse gracias a un artículo publicado por Claudia Morales en el diario El Espectador el 19 de enero, titulado Una defensa del silencio. Cuenta con calma, simplemente, cómo fue violada por su jefe en su juventud, sin precisar cuándo. Y explica que no lo denunciará nunca, no revelará su identidad, reivindicando su « derecho al silencio».
Desde la publicación de su columna, esta media revelación hizo un ruido enorme en todo lo que Colombia cuenta de medios y redes de comunicación.

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