Aunque la fiscalía asegura que en el ataque contra el candidato presidencial izquierdista Gustavo Petro, el 2 de marzo en Cúcuta, no se utilizaron armas de fuego, las luces de alerta siguen encendidas en un país que durante 70 años el asesinato político ha sido una de las tradiciones de un poder fáctico amparado por la impunidad.
Hasta hace algunas semanas Petro era considerado por analistas como un instrumento artificialmente inflado con encuestas dieñadas a gusto de grandes jugadores electorales para meter miedo a los ricos y las clases medias presas de un pánico patológico, para agudizar el fascismo social, como lo caracteriza Boaventura de Sousa Santos, entre los segmentos más pobres y miserables.
La narrativa utilizada para el efecto es la de castrochavismo y petrochavismo, la venezuelización de Colombia por Petro en caso de llegar a ser elegido como Presidente. Sin embargo, las cosas parecen tener otro cariz. A estas alturas de la campaña, con Petro posicionado en la punta de las encuestas y de varios sondeos, su figura y liderazgo tomó otro rumbo, se agigantó y, por ende, su persona comenzó a correr más peligro.
El analista Horacio Duque afirma que Petro adquirió una consistente dimensión política, se volvió una razón social muy potente, alcanzó la forma de un avatar popular en el que se cuelan todas las rabias, todas la indignación acumulada, todas las demandas más sensibles de los pobres, de los trabajadores, de los indígenas, de los afros, mujeres, maestros, jóvenes, ambientalistas, LGBTI etc.

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