El gobierno corrupto y plagado de bucaneros, encabezado por un pigmeo llamado Michel Temer, no es exactamente débil: es anémico. No tiene una gota de rocío de respeto popular, ni vestigio de legitimidad, ni polvareda de poder efectivo. Es un balcón de compra y venta, actuando junto al Congreso de peor nivel ético, intelectual, político y moral en muchísimas décadas.
Hay un vacío de poder, hay desvaríos judiciales, el más popular líder político tiene su futuro inmediato nebuloso, luego de un juicio arbitrario. Los medios hegemónicos de comunicación siguen oscureciendo su imagen con manipulaciones indecentes, lo cual no hace más que fortalecer a los crecientes contingentes de apoyadores que, pese a todo, Lula mantiene.
La economía, que apenas empezaba a dar muestras de respirar sin aparatos, puede estancarse o volver a caminar hacia atrás.
El desempleo, que alcanza a más de trece millones de brasileños –poco más que una Cuba entera, cuatro veces Grecia u otras tantas Portugal–, no cede, pese al discurso tan optimista como mentiroso de un gobierno que miente como quien respira, es otra fuente de tensión permanente.
Tan pero tan imprevisiblemente se transformó mi país que ya no se trata de prever cómo será mañana.
La pregunta ahora es otra: ¿Habrá mañana?

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