dijous, 19 d’abril del 2018

El futuro del republicanismo en España


Creo que corre la última parte del año 2001, ese inicio de siglo que apenas unos meses atrás se ha visto sacudido no por el terrorismo a secas, sino por la vuelta del integrismo religioso en los tiempos del integrismo neoliberal. Una manifestación de estudiantes recorre la calle Princesa en Madrid contra la enésima ley de enseñanza a cargo del primer gobierno del PP con mayoría absoluta, aznarato sin paliativos. Yo, como estudiante, participo en la marcha, llevo una bandera tricolor española, la única presente entre miles de jóvenes. Algunos chicos, quizá de instituto, quizá universitarios, se me acercan. Y en una parada, entre cántico y consigna, me preguntan a qué país pertenece, pero sobre todo por qué la ondeo, qué significa. Trece años después Juan Carlos de Borbón abdica, de mal grado, obligado por una repentina ola de noticias en torno a su persona, durante décadas intocable, y las ciudades de todo el país llenan sus plazas con esa misma bandera. Sin embargo, la pregunta de los estudiantes aún sigue presente y posiblemente irresuelta.



Que el republicanismo en nuestro país haya salido de su acotación histórica tiene que ver, paradójicamente, con el concepto de memoria histórica. La recuperación del justo recuerdo de los represaliados por el franquismo, la idea de restituir su dignidad, fue un intento de enfrentar un pasado que primero fue vilipendiado por el régimen fascista y luego sepultado por el consenso oficial del 78. La idea no era recuperar a los republicanos de los años treinta para la parte de la sociedad española que se siente afín a ellos, sino recuperarla para toda la sociedad: si el homenaje era conjunto, si la reivindicación era compartida, entonces la herida podría cerrarse.

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