Entendemos por tejidolatría a la cuasi idolatrización de los tejidos o atuendos. Al grado de condenar casi a una muerte civil a todos cuantos se atrevan a “profanar” o criticar el origen de dichos tejidos. Incluso al grado de reificar el uso o no de la vestimenta como la razón ontológica del ser o no indígena.
Por falolatría entendemos a la idolatrización de insignias de poder con forma fálica. Como si a través del contacto o manipulación de dichos palos o bastones el mundo divino comunicase su sapiencia y poder a los humanos (caso, Moisés bíblico).
Quienes disputan al voraz sistema neoliberal, desde los territorios y desde las calles, no son necesariamente las autoridades ancestrales, mucho menos las resignicadoras de los trajes típicos. Somos indígenas y campesinos, sin cooperación internacional, sin atuendos, ni bastones, que forjamos fecundas resistencias creativas. Exigiendo y ejerciendo derechos políticos, más allá del culturalismo de los derechos indumentarios.
Sea por desgana mental o la comodidad que brinda el folclorismo multicultural, muchos indígenas asumimos que los policromáticos tejidos que usamos son “herencias milenarias, expresión de la resistencia y mística de nuestros abuelos/as”. Eso no es verdad.
El bagaje simbólico y material de nuestros pueblos, es producto del encuentro o desencuentro entre pueblos (somos interculturales). Y la invasión y Colonia europea tienen su impronta.
En el caso de los tejidos, tanto en sus diseños y colores, son producto de la invasión y colonización. Nuestros abuelos tenían ropa, y bien elaborada, pero el colorido y diseño que aún persiste, de manera compartida, en todos los pueblos indígenas de Abya Yala, es la huella de la Colonia. Nos guste o no.

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