En los últimos años pareciera que los cambios en la economía mundial son cada vez más acelerados. Asistimos a la reordenación de la economía mundial, en la que la potencia hegemónica surgida en el siglo XX ve peligrar su posición y modifica sustancialmente su estrategia de inserción internacional. En los últimos meses, las tensiones en torno a las relaciones comerciales se han extendido a lo largo de una multitud de países, que están teniendo su último episodio en el aumento arancelario de los Estados Unidos a Turquía y el efecto que ha tenido dicha medida en la relación cambiaria entre las monedas.
Estas tensiones comerciales, que se unen a las que previamente afectaron a las relaciones de Estados Unidos con China, la Unión Europea, Rusia y otros países emergentes, son sintomáticas del deterioro del poder de los Estados Unidos y de los cambios en la correlación de fuerzas global. A menudo, se nos intenta dar una visión de que la nueva estrategia estadounidense es resultado del carácter convulso de su actual dirigente; sin embargo, la actual estrategia no es resultado de que Donald Trump esté en el poder, sino que Trump está en el poder debido a la necesidad de enfrentar los nuevos desafíos ante los que se encuentra la hegemonía estadounidense, surgida tras la II Guerra Mundial.
Nos encontramos, por tanto, en una situación de caos sistémico creciente, en el que no sólo EE.UU. cuestiona el orden global establecido, sino que otros países desarrollados y con gobiernos conservadores cuestionan, al menos parcialmente, la globalización neoliberal. El Brexit o el auge de los populismos xenófobos de derechas en Europa, son también muestras de ello.

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