Como cada año, ha llegado el momento de acusar a los manteros de muchos problemas. Sobre todo de dos: hacen la competencia ilícita al comercio y ocupan el espacio público e incomodan en él. Además, no pagan impuestos y son molestos para los intocables turistas. Y cuando hace falta se les acusa también de violentos… Como la opinión pública no se atreve a decir que hay que enviarlos a sus países sea como sea, se dice que hay que enfrentar y resolver este problema. Pero si se pregunta cómo resolverlo, enseguida se percibe que no tienen mucha idea más que prohibir la venta ambulante y perseguirla con dureza.
Uno, perjudican al comercio. ¿De verdad? Me parece que los pequeños comerciantes de Barcelona se equivocan de enemigo. Ellos no están siendo desplazados por los manteros sino por las grandes superficies que muy a menudo venden sus productos a un precio inferior a los demás comercios y, además, en condiciones más favorables. Por ejemplo, los horarios. Es curioso que los comerciantes no hayan protestado con la misma vehemencia y energía cuando las grandes superficies han aumentado sus horarios hasta la noche y abren los domingos, lo que no sólo obliga al pequeño comercio a abrir más horas, sino que daña su convivencia familiar pues muchos no pueden financiar el personal auxiliar necesario. O que no protesten cuando se conceden permisos de apertura a grandes superficies que hunden el comercio local. O cuando los bancos y los periódicos venden directamente productos del comercio. ¿No son estos los que dañan al pequeño comercio muchísimo más que los manteros? ¿Por qué se inclinan por atacar a los más débiles?

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