Lunes. Amanece en un barrio residencial del sur de Delhi. El hombre que pasea su bicicleta comprando chatarra o vendiendo verduras te despierta con su reclamo cantarín desde la calle. Te preparas un café y te dispones a leer la prensa local: Han fallecido seis trabajadores por una fuga de gas en una planta de acero en Andhra Pradesh. Realizaban labores de mantenimiento cuando se intoxicaron al inhalar monóxido de carbono.
Hablar de seguridad laboral en India se puede considerar un oxímoron. Cada año en el país asiático pierden la vida unas 48.000 personas en sus puestos de trabajo. Es una media de más de 130 trabajadores muertos a diario (en España fallecieron 250 en los cinco primeros meses de este año, que se suman a los 618 de todo 2017). Son muertes que aparecen en la prensa local como un goteo diario, tan normalizado como desapercibido, que sólo se convierte en indignación pasajera cuando las cifras de víctimas mortales son lo suficientemente altas para trascender el teletipo de turno.
“Tenemos muy buenas leyes sobre seguridad laboral, el problema es que nunca se implementan”, asegura Kumar Neeraj Jha, ingeniero civil del Instituto Indio de Tecnología que ha estudiado a fondo los problemas de seguridad laboral en su país, sobre todo en la construcción. “Cuando ocurre un accidente mortal, el empleador evade sus responsabilidades, paga una pequeña compensación a los familiares y gestiona el asunto con las autoridades locales para que no vaya a más”. El profesor, igual que el resto de fuentes consultadas, asegura que numerosas empresas indias no invierten en seguridad porque les sale más rentable asumir el coste en indemnizaciones de un posible accidente antes que modernizar sus instalaciones.

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