La igualdad de oportunidades no existe. Se espera que las 500 personas más ricas del mundo le entreguen a sus herederos la suma de 2,4 billones de dólares en las próximas dos décadas. O, lo que es lo mismo, algo más que el PIB de la India. Esa privilegiada generación, la heredera, comenzará su vida desde una línea de partida mucho más adelantada que cualquiera de nosotros.
El 28% de los ricos de Estados Unidos obtuvo su fortuna gracias a herencias, según un estudio del Instituto Peterson de Economía Internacional. Este mismo valor crece hasta el 35% para Europa. En países que presumen de tener un capitalismo productivo, como Alemania, el porcentaje asciende hasta el 64%. Es decir, de cada 100 ricos, 64 lo son gracias a la herencia, y no por sus méritos.
Recientemente, la OCDE publicó un informe en el que destaca que en Colombia se necesitan al menos 11 generaciones para que un niño pobre deje de serlo. Más de dos siglos para salir de una condición heredada desfavorable. Es el país con menor probabilidad de superar la pobreza. La región latinoamericana es la más desigual del mundo, y lo es en gran medida porque la herencia actúa como mecanismo de reproducción de un reparto desigual desde el inicio. Más de la mitad de la riqueza pasa de generación en generación sin verse afectada por nada ni por nadie.
La herencia no puede ser abordada como si fuera un éter. A esta variable hay que conocerla, caracterizarla, repensarla y diseñar una política económica que la gestione para que contribuya a ser más efectiva en cualquier modelo de desarrollo, de modo que deje de ser un lastre al progreso de nuestra Latinoamérica.

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