Las bombas que matan yemeníes no se fabrican en Cádiz sino que las hace una empresa estadounidense. Luego se las vende al Estado Español y este las revende a Arabia Saudí. Estos extraños cambalaches deberían quizá plantear algunas preguntas: ¿Por qué España compra armas que no usa y luego revende? ¿Está obligada a derrochar parte del presupuesto público en armamento estadounidense sin importar que sea al tuntún? ¿Tiene esto que ver con las broncas que recibe periódicamente de Donald Trump por “gastar poco”? ¿Se amontonan en los almacenes militares más cacharros inútiles made in USA? ¿Especula el estado español y gana dinero con esas reventas o, al contrario, malvende las bombas a precio de segunda mano en lo que sería malversación de caudales públicos? ¿Y por qué los saudíes no las compran directamente a la empresa que las fabrica? Nada se habla de esto y, al contrario, parece que son los obreros de Cádiz, cuya relación con ese oscuro mercadeo armamentístico es circunstancial, los que se enfrentan a un dilema ético que su propio Alcalde insensatamente articula con una expresión tan falsa como simplona y frívola: “elegir entre el pan y la paz”, entre “las bombas y comer”.
Puestos a ponernos exigentes, no hay ningún modo éticamente decente de producir ni de consumir cosa alguna. No hay ni un solo objeto de consumo que no esté atravesado en su producción o uso por graves conflictos éticos de desigualdad, abuso, explotación o destrucción de los recursos. La industrias químicas, alimentarias, de automoción, los centros comerciales… Cualquiera de nuestros actos relacionados con el consumo y la producción es susceptible de reproche moral. Desde echar gasolina al coche a comprar en las multinacionales textiles del trabajo esclavo.

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