El machismo y el antifeminismo no son exactamente lo mismo. Identificar los matices que los distinguen creo que puede ayudarnos a clarificar algunos debates y a entender algunas cosas que (nos) pasan. Cierto que ambos fenómenos convergen en los mismos sujetos con mucha frecuencia, pero son cosas por lo menos analíticamente diferentes. La mayoría de individuos, grupos, prácticas, costumbres o instituciones que son machistas suelen tener también componentes anti-feministas, pero parece más adecuado reservar el adjetivo antifeminista para calificar a individuos o grupos de tales que se expresan consciente y explícitamente en contra del feminismo como planteamiento político articulado.
A pesar de que a veces se habla de “la ideología machista”, el machismo es más actitudinal que programático; tiene que ver con una actitud vital que incluye desde acciones, conductas y ademanes, hasta aspectos de la personalidad u opiniones no especialmente sistematizadas; conductas y opiniones no sólo sostenidas por hombres, cierto, también en ocasiones son mujeres quienes las ponen en práctica (coincide en esto con el antifeminismo, que también puede ser enarbolado por mujeres).
El feminismo, además de cosas más importantes como contribuir a humanizar la vida de todas las personas, se ha caracterizado por haber ideado eslóganes muy potentes, muy imaginativos, llenos de contenido, paradójicos muchas veces, de esos que hacen pensar un rato. A algunos de ellos me he referido ya en las líneas precedentes. Quiero mencionar uno más, para terminar: el que afirma que “no hay nada más parecido a un machista de derechas que un machista de izquierdas”. ¿De verdad todavía hay quien lo ponga en duda? Pues eso parece.

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