La Guerra de Corea, a la que con frecuencia se suele llamar “la guerra olvidada”, duró de 1950 a 1953 y goza del dudoso honor de ser el primer conflicto armado de la Guerra Fría. Se produjo a causa de la partición de la península coreana impuesta desde el exterior, una partición carente de legitimidad a ojos de la mayor parte de los coreanos.
Diversas estimaciones sitúan la cifra de muertos, heridos y desaparecidos en más de 4 millones de personas, incluidas 3,3 millones de coreanos (aproximadamente 1,3 millones en el sur y 2 millones en el norte).
En un memorándum de 1950, publicado 17 días después del inicio de la guerra, el futuro secretario de Estado Dean Rusk explicó que se había elegido para “armonizar el deseo político de que el ejército estadounidense recibiera la rendición [de las tropas japonesas] tan al norte como fuera posible y la evidente dificultad de las tropas estadounidenses en alcanzar esa zona”.
En otras palabras, se escogió el paralelo 38 para facilitar que EE.UU. controlara el máximo territorio coreano posible.
Una vez instalado en el poder el candidato de su elección, EE.UU. dio formalmente por finalizada su ocupación militar en 1949. Sin embargo, un año después estalló el primer conflicto armado de la Guerra Fría, cuando Kim Il-sung lanzó una ofensiva para reunificar las dos Coreas.
Estados Unidos respondió con una fuerza brutal, arrojando más napalm y bombas sobre las ciudades al norte del paralelo 38 de las que había utilizado en toda la campaña del Pacífico en la Segunda Guerra Mundial. La guerra, que afectó prácticamente a todas y cada una de las familias coreanas tanto en el norte como en el sur, acabó finalmente en punto muerto, dejando millones de muertos detrás.
Aunque en 1953 se suscribió un armisticio, nunca se llegó a firmar el tratado de paz. Por tanto, la guerra nunca se dio oficialmente por terminada. Sesenta y cinco años más tarde, Estados Unidos continúa amenazando a Corea del Norte con la invasión o la aniquilación.


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