Nos invitan a que las personas con discapacidad sean las otras; esos sujetos que nacen o desarrollan una condición que les hace ser superiores a los demás. Muy superiores porque levantarse con una discapacidad y seguir es muy duro. Son mucho mejores personas que las demás, y por supuesto, tienen una grandeza y un espíritu que vemos que se manifiesta en cada uno de sus gestos, día a día, al cabo de los años.
Al pasar lista, la pregunta que sobra parte del profesorado, que con poco o ningún tacto pregunta en voz alta, ¿quién es el discapacitado? ¿quién es el de la diversidad funcional? ¿quién es el de las ayudas? La clase, comenta, busca, y por último señalan todos al unísono, a ese alumno distinto, ese que tiene algo, ese que será siempre el pobrecito, el “ay, que pena”, el alumno discapacitado, con todas las letras no una persona con discapacidad. Y ese alumno, inicia su Mein Kampf particular para sobrevivir entre especies que no son iguales y le maltratan.
Esa es la realidad del comienzo de un día de clase de cualquier alumno que ya llaman distinto, desde la ética profesional del que enseña que muchas veces dudo si existe en España. Con poco o ningún tacto, repito, le sigue inquiriendo hasta averiguar qué le pasa y si las molestias que le van a surgir, van a perjudicar a la clase. Así sigue cada mañana el alumno que ya ha sido calificado que si tiene suerte, será ayudado por una o dos personas y para de contar.

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