El Frente Amplio (FA) está llegando a la etapa final de su tercer período de gobierno consecutivo a nivel nacional. Desde el 2005 ha gobernado con mayorías parlamentarias, lo que ha permitido avanzar mucho en materia legislativa y, también, le ha dado el respaldo necesario ante las estrategias de la oposición.
Desde su origen, en 1971, el FA está integrado por diversas corrientes de pensamiento que van desde comunistas a demócratas cristianos, de ex guerrillas a organizaciones socialdemócratas, así como sectores importantes desprendidos de los partidos tradicionales[1]. Esa realidad ha persistido, pero hoy el FA es un espacio superior a sus partes; existe “frenteamplismo” no identificado con ningún sector en particular. En su funcionamiento no puede eludir la diversidad de su integración que, a su vez, se presenta en composiciones distintas según el lugar donde se desempeñe. No es el mismo el FA en el Gobierno, en el Parlamento o en el Partido, a la vez que sus sectores influyen de forma distinta en las organizaciones sociales, populares y sindicales.
La distribución de poder al interior del FA depende del ámbito que se mire. Eso genera diferentes conflictos entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo, y también entre éstos y la orgánica del FA. Ese desequilibrio es materia permanente de debate. El papel de cada uno suele ser claro, pero cuando hay definiciones conflictivas se pone en juego un complejo mecanismo de acuerdos y balances, que cada grupo despliega en los espacios en que mayor incidencia tiene. Este es un aspecto medular para una organización política de izquierda que tiene que gobernar: el diálogo constante, no sin conflictos, entre el Partido y el Gobierno, entre la racionalidad de la gestión y la construcción política, y el debate ideológico.

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