dilluns, 8 d’octubre del 2018

CAMBOYA: Las vidas descosidas de la ropa que vestimos


Sorn Nita camina descompasada, casi a golpes, como si su cuerpo, agotado de tanto arrastrarse arriba y abajo en la máquina de coser, se rebelase contra lo que está por venir. Otro día más de trabajo, como todos desde que cumplió 13 años, en las fábricas de Phnom Penh. A ella le tocan los pantalones y los vaqueros. ”Como esos que llevas tú”, me dice. Al rematar la jornada, como tantas otras veces después del atardecer, volverá a casa echando cuentas del dinero que le queda para la semana. Los 100 euros mensuales no le llegan para pagar la renta, el transporte y la comida. Es la condena común. Algunas compañeras de la fábrica ya han comenzado a prescindir de lo único imprescindible de lo que pueden prescindir: la comida. Así es como las mujeres del textil de Camboya comienzan a debilitarse. De pura hambre.




En la última de las mesas, la del tambaleo armónico a cada movimiento, Sorn Nita apura una taza de sopa. Antes de apartarla, le da dos buenas cucharadas. Dentro de la fábrica hace mucho calor. En unos minutos deberá volver a ponerse manos a la obra: hay que acabar la producción a tiempo para el envío. En factorías como esta de la periferia de Phnom Penh, la capital de Camboya, se confecciona la ropa de las principales multinacionales del sector: Inditex, C&A, H&M, N Brown Group, Tchibo, Next, Primark o New Look. Cerca de 475.000 personas, un 90% mujeres, trabajan en los 558 centros del textil registrados legalmente en el país, una cifra a la que habría que añadir otras 200.000 que lo hacen en los talleres clandestinos —semejantes a los que proliferaron en la costa de A Coruña en los 80 con el crecimiento de Zara— y en las industrias auxiliares

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