La política circula por todos lados. Una persona que no puede pasear a su perro en un parque, alguien que no puede conseguir dinero en un cajero para comprar algo deseado, un tercero que se encuentra con un transporte público deplorable, uno más que quiere comprar un producto extranjero pero se ve impedido por una medida gubernamental. Alguien que tiene el dinero pero no puede consumir por desabastecimiento o por restricción, ya sea del mercado o del Estado, da igual.
Algunos temen volver tarde a su casa por la inseguridad. Miedo al otro, a las calles mal iluminadas. Los y las que no quieren transportarse como ganado en un metro abarrotado de personas. A quienes le molestan las manifestaciones o reclamos colectivos en el espacio público. A quienes les genera esa mezcla de temor y fealdad ver gente que duerme en la calle y que las esquinas estén atestadas de tipos o tipas que limpian el parabrisas del auto. Un transeúnte al que le da asco vivir en la urbe, pero la habita.
En algún momento esas cosas que parecían banales y que los políticos y las políticas colocaban en los últimos renglones de su agenda electoral se volvieron importantes.

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