Es una kilométrica culebra humana que recorre las carreteras de Chiapas, el estado más sureño de México. Se mueve rápido, pese a que un tercio de sus filas está integrado por niños y ha logrado evadir todos los obstáculos que han puesto los gobiernos de Honduras, Guatemala y ahora México, que presionados por Estados Unidos, tratan en vano detenerla, informa Daniela Pastrana[1] (IPS) desde Tapachula.
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Una fila de más de cinco kilómetros de migrantes mientras se desplazaba el domingo 21 de octubre de Ciudad Hidalgo a Tapachula, a 40 kilómetros, dentro del estado de Chiapas, en el sur de México. Hasta la frontera con Estados Unidos hay 2000 kilómetros, por una ruta que en parte controlan mafias delictivas.
Cada intento por disminuirla parece multiplicarla. Y este lunes 22 de octubre de 2018, unos 7000 centroamericanos, la mayoría hondureños, avanzaban en caravana hacia el norte, con la esperanza puesta en Estados Unidos, desafiando la advertencia del presidente de ese país, Donald Trump, de hacer todo para “detener la embestida de inmigrantes ilegales” en su frontera sur.
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