El 11 y 12 de octubre se llevó a cabo en Washington la II Conferencia para la Prosperidad y Seguridad en Centroamérica. El evento, copresidido por los gobiernos de Estados Unidos (EE. UU.) y México, contó con la asistencia de los presidentes de Guatemala, Jimmy Morales, y Honduras, Juan Orlando Hernández, y los vicepresidentes de EE. UU., Mike Pence, y El Salvador, Oscar Ortiz. Participaron también el canciller y el secretario de gobernación mexicanos, junto con los secretarios de Estado y de Seguridad Interior de EE. UU.
Se le dio centralidad al ‘desarrollo’, que implica (en un marco neoliberal que define hace décadas las relaciones de EE. UU. con Centroamérica) mejorar la competitividad y la inversión del sector privado, avanzar hacia una migración “segura, ordenada y regular” (asunto de mayor preocupación para la gestión de Donald Trump) y fortalecer las capacidades para mejorar la ‘seguridad’ (concepto siempre ambiguo y condicionado por la agenda estadounidense).[1]
El Triángulo Norte de Centroamérica en contexto
Es curioso que en las últimas semanas se haya pasado por alto varios acontecimientos importantes que suceden en la región. El pasado 13 partió una caravana desde Honduras rumbo a EE. UU. reclamando soluciones a la situación de pobreza y la violencia. Al mismo tiempo, el pueblo salvadoreño se congregó y celebró la canonización del ‘Santo de las Américas’, Monseñor Romero, asesinado a manos de Roberto d’Aubuisson –fundador de ARENA- en 1980, mientras que en Guatemala la exvicepresidenta, Roxana Baldetti, fue condenada por corrupción en el caso ‘Lago de Amatitlán’.

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